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ANA CURRA REGRESA A LAS CANCIONES DE PARÁLISIS PERMANENTE

ANA CURRA REGRESA A LAS CANCIONES DE PARÁLISIS PERMANENTE

Tras décadas entre el teclado de estudio y el piano del Conservatorio de El Escorial, donde impartió clase desde los 18 años, Ana Curra, la cuarta "pegamoide" y musa eléctrica de La Movida junto a Eduardo Benavente en los fundamentales Parálisis Permanente ('Autosuficiencia', 'Quiero ser santa', 'Tengo un pasajero'...), regresa con la fuerza de un ciclón. Lejos de la jubilación, su agenda hierve: la reedición de su primer disco en solitario, la preparación de un álbum inédito para 2026 y, sobre todo, la presentación de un proyecto visceral y cargado de simbolismo: “Ana Curra y los 13 apóstoles: La última cena de Parálisis Permanente”, un disco autoeditado que versiona los temas clásicos del dúo que formó con Eduardo junto a nuevas bandas. Nombres como Biznaga, La Élite o VVV (Trippin’you) se convierten en sus apóstoles sonoros, inyectando “más garra, más nervio” a canciones eternas. El objetivo era claro: traer al presente la esencia de Parálisis. “Si Eduardo pudiese escucharlo, estoy convencida de que le encantaría. Yo no haría nada en contra de su esencia. Estoy segura de que está sonriendo donde se encuentre”. Este renacimiento musical contrasta con la desaparición del escenario físico que lo vio nacer. Curra, criada en el Malasaña de los 80, donde era vecina y alma de locales como el Pentagrama, mira con tristeza el barrio actual. “Ahora mismo no lo reconozco. Es un lugar gentrificado, dedicado a Airbnb. Como en todas las grandes ciudades de Europa, sus centros ya son merchandising puro y duro. Malasaña se ha perdido”, sentencia. Paralelamente, la "madame oscura" avanza en su carrera en solitario con un disco sucesor del infravalorado y lírico ‘Huaca’. Sencillos como “Hiel”, “Aphrodita la Monarca” o “Activista de la idiotez” marcan un giro hacia una letra más política y explícita. “En los últimos años creo que es obligatorio posicionarse. Los artistas, si se consideran artistas, tienen un derecho y una obligación si quieren cambiar el mundo. El arte está hecho para cambiar las cosas. No es arte lo que no transforma la sociedad”, afirma sin ambages, criticando la “cobardía” de quienes se quedan en la ambigüedad para no perder ventas. Ana Curra, pues, no mira al pasado con nostalgia, sino que lo utiliza como un puente. Un puente tendido desde el corazón del punk sin redención de los 80 hacia la ansiedad existencial de las nuevas generaciones, reclamando, a la vez, su lugar y su herencia. Su última cena no es un adiós, sino un testamento sonoro que se niega a ser enterrado y que invita a una nueva legión a tomar la comunión.